Medio Ambiente

Uno de los efectos que provoca un incendio forestal sobre el suelo puede comprobarse a pequeña escala si se aplica una gota de agua sobre un jersey. La gota resbalará por la prenda sin llegar a traspasar el tejido. Este fenómeno, conocido como hidrofobia, hace que por muy porosa que sea una superficie no llegue a absorberse el líquido.
En una escala global, la eliminación de la vegetación durante los incendios forestales genera respuestas de este tipo. Hace que aumente el transporte por agua de los suelos, afectando de manera decisiva la calidad de éstos. Tras el fuego se incrementan las tasas de erosión. Se pierde suelo y agua. Además de provocar otros efectos a corto y largo plazo como la degradación paisajística, la volatilización de nutrientes, la eliminación de microorganismos y la alteración bioquímica, así como la determinación de la futura vegetación del territorio.
En un país como España, con un clima semiárido, y una superficie forestal quemada durante la última década que, según datos del Ministerio de Medio Ambiente, ronda las 150.000 hectáreas anuales, los incendios provocan respuestas sociales y políticas de rechazo. Tanto por sus consecuencias medioambientales, económicas, o de coste de vidas humanas, el fuego es visto como un problema que es necesario eliminar por completo.
Sin embargo, la pregunta que se plantean los expertos es otra. ¿Resulta deseable o, por el contrario, es contraproducente para el suelo una política que persiga una erradicación total de los incendios? Para Artemi Cerdà, profesor de geografía de la Universitat de Valencia y director de las Jornadas Internacionales Efectos de los Incendios Forestales sobre los Suelos que se celebran la próxima semana en Valencia, la respuesta varía según se considere o no al fuego como un elemento de regulación natural del ecosistema. "Si entendemos los incendios como parte de la naturaleza, eliminarlos completamente puede ser un error", señala Cerdà, que como ejemplo añade la gestión realizada en el Parque estadounidense de Yellowstone. Durante más de 100 años no se permitió ningún incendio en sus recintos, con lo que al final la biomasa acumulada fue tan grande que no se pudo detener ningún fuego. En el caso de la Península Ibérica, con un clima mediterráneo y la exposición recurrente a las quemas, se precisa de una visión más compleja para abordar el problema. "Sufrimos incendios desde hace tres millones de años y gran parte de nuestra vegetación está adaptada", señala el experto. "Nuestros ecosistemas están acondicionados al fuego, como también lo están a la sequía estival", lo que incide en su respuesta a este fenómeno y su capacidad de recuperación.
Gestión forestal
Descartada una visión más "simplista" del fenómeno, la solución pasa por una correcta gestión del suelo que abra nuevas perspectivas sobre el manejo de las masas forestales. Así, Cerdà señala algunas ambivalencias de las políticas actuales como el hecho de evitar cualquier incendio, que puede provocar grandes fuegos en el futuro, o la reforestación automática de los territorios, ya que en algunas ocasiones la repoblación natural puede ser igual o más eficiente.
"Saber gestionar el fuego implica no sólo apagar los incendios, sino saber utilizar el fuego como gestor", subraya. Con una matización importante. Debe prevalecer una gestión en la que tanto los bienes como las vidas humanas tengan prioridad. La clave es ser consecuente con el uso que se le da a un suelo determinado. "Tenemos que distinguir si queremos plantación o bosque", destaca, "ya que en un caso existe una gestión determinada, mientras que en el otro tal vez tengamos que dejar que se desarrolle de manera natural".
El fuego forma parte de ese proceso. Y así, aunque los incendios han sido eliminados en muchas comunidades del país, otras como Cataluña y Canarias mantienen las quemas prescritas como parte de su gestión sobre el suelo.
Aquí también destaca el avance experimentado por las investigaciones desarrolladas en este campo en España, que en las últimas décadas han pasado de no tener apenas información a poder abastecer a la comunidad científica internacional y hacerse oír en la toma de decisiones sobre los recursos forestales.
Suelos pobres
Una de las primeras consecuencias en el aumento de información y datos sobre la situación de los suelos peninsulares ha sido la de poder determinar el estado actual en el que se encuentran. Tal y como señala el profesor Cerdà, los estudios de los últimos 30 años indican que, dados algunos factores como las condiciones climatológicas o su uso intensivo, el estado de los suelos en el Mediterráneo es pobre. Esto se traduce en una pérdida de su capacidad para almacenar agua, intercambiar nutrientes, que estén más compactados, con menos capacidad orgánica y sean menos fértiles.
No obstante, una vuelta al estado primitivo parece impensable. Tanto por la lentitud en la formación de los suelos, que llevaría miles de años permitir una recuperación completa, como por el uso que todavía se realiza de éste. "Debemos pensar que los hombres habitamos el territorio y necesitamos explotar los suelos", destaca. "Más que volver a los suelos primitivos, debemos saber hacer una gestión adecuada para convivir con los suelos fértiles".
Otra cosa es lo que ocurre en las zonas de montaña donde, tal y como subraya el experto, la progresiva despoblación iniciada en los años 50 y 60 ha hecho que el suelo se haya ido recuperando después de años de uso y abuso sistemático. Con el inconveniente de que esta gestión venga acompañada, a veces, por incendios de consecuencias dramáticas.

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