Hace no muchos días, un domingo por la mañana paseando por el paseo marítimo de nuestra ciudad, escuché un comentario entre la gente que tranquila y afablemente tomaba el sol: "En este país, robar mucho no cuesta caro. ¿Qué ha sido de todos esos ladrones de guante blanco que han estafado a tanta gente de buena voluntad y pocos recursos y que depositó en sus instituciones o empresas su confianza? ¿Dónde están los artífices del caso Malaya, del Fórum Filatélico y de inmobiliarias que han recibido reconocimientos y premios por su trayectoria empresarial? ¿Dónde están los Roca, De la Rosa, Roldán y tantos otros, qué ha sido de ellos?"
Días después en esas conversaciones que escuchas entrecortadas, en paradas de autobús, en vagones de metro o en bares donde entras a tomar café, sigues oyendo a gente corriente preguntarse qué es esto de la crisis financiera. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo los que se supone que deben estar al corriente no lo han estado o, si lo han estado, qué han hecho? Gente que pregunta y se pregunta si los ahorros de toda una vida estarán seguros donde los depositó o si cobrará su nómina el mes que viene porque su vecino hace tres que no la cobra. Y se preguntan por qué el Estado, nuestro Estado, y los de los demás países, porque esto es algo global, eso lo hemos entendido todos, salen a la palestra a salvar los agujeros que han creado esos altos ejecutivos que hablan muchos idiomas y viajan en buenos coches y clase bussiness y que, ya retirados, dejaron el marrón a otros que tratan de buscar soluciones imposibles.
Y la gente se pregunta: ¿y de nosotros?, que somos muchos pequeños trabajadores, profesionales, comerciantes o empresarios ¿quién se acuerda?
Reflexionando llegué a una conclusión muy obvia, casi de Perogrullo. Hemos de ser nosotros mismos. Nosotros mismos tenemos y debemos promover los cambios a base de pequeñas pero múltiples decisiones y actuaciones. Hemos de ser nosotros los que asumamos nuestras responsabilidades. Responsabilidades que van más allá de hacer lo que debemos hacer todos los días, por supuesto. Hemos de recuperar, y hemos de hacerlo cada uno de nosotros, "la Adultez". Hemos de elegir y decidir por nosotros mismos. Hemos de decidir y obrar de acuerdo a como pensamos. Hemos de ser coherentes con lo pensamos y creemos. Hemos de ser coherentes con nuestros valores y principios y hemos de hacerlo aunque nos resulte difícil. Hemos de recuperar el poder de decidir por nosotros mismos, el poder de equivocarnos o acertar. Pero hemos de obrar y perder el miedo.
Y ese decidir, es decidir a quién compramos, qué compramos o dónde compramos. Porque en esta sociedad de consumo, en esta en la que vivimos usted y yo, decidir: qué, a quién, cuándo y dónde compras es la forma más efectiva y práctica de manifestar tu opinión y tu voluntad. Por eso, en estos tiempos de parálisis y terror a comprar, cada consumidor sólo decidiendo eso ya decide mucho.
Y voy a dar algunos ejemplos que pueden ilustrar lo que digo. En estas fechas que se acercan hemos de comprar y decidir qué comprar, dónde y a quién comprar o incluso cuánto gastar.
En este tiempo hemos de hacer eso que muchos hacíamos cuando los recursos eran escasos. Elegir aquello que es necesario, eso que añade valor por el detalle y lo que significa de haber pensado en esa persona a la que va destinado. También decimos cosas cuando regalamos una cosa u otra o cuando consumimos una u otra.
Elegir productos seguros y responsables. Elegir marcas que se comportan correctamente. Seleccionar fabricantes serios y con valores. Fabricantes o distribuidores que generan puestos de trabajo y crean riqueza. Favorecer cuando compramos a nuestro entorno próximo.
Seleccionar racionalmente qué compramos y en qué gastamos.
Estas navidades no debemos no comprar. Este año hemos de comprar con cabeza y con la certeza de que cuando compramos es como cuando votamos. Ofrecemos nuestra confianza a un fabricante y damos y generamos riqueza a quien le compramos. Por eso ¡COMPRA! pero quizá de forma diferente a como lo venias haciendo.
Días después en esas conversaciones que escuchas entrecortadas, en paradas de autobús, en vagones de metro o en bares donde entras a tomar café, sigues oyendo a gente corriente preguntarse qué es esto de la crisis financiera. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo los que se supone que deben estar al corriente no lo han estado o, si lo han estado, qué han hecho? Gente que pregunta y se pregunta si los ahorros de toda una vida estarán seguros donde los depositó o si cobrará su nómina el mes que viene porque su vecino hace tres que no la cobra. Y se preguntan por qué el Estado, nuestro Estado, y los de los demás países, porque esto es algo global, eso lo hemos entendido todos, salen a la palestra a salvar los agujeros que han creado esos altos ejecutivos que hablan muchos idiomas y viajan en buenos coches y clase bussiness y que, ya retirados, dejaron el marrón a otros que tratan de buscar soluciones imposibles.
Y la gente se pregunta: ¿y de nosotros?, que somos muchos pequeños trabajadores, profesionales, comerciantes o empresarios ¿quién se acuerda?
Reflexionando llegué a una conclusión muy obvia, casi de Perogrullo. Hemos de ser nosotros mismos. Nosotros mismos tenemos y debemos promover los cambios a base de pequeñas pero múltiples decisiones y actuaciones. Hemos de ser nosotros los que asumamos nuestras responsabilidades. Responsabilidades que van más allá de hacer lo que debemos hacer todos los días, por supuesto. Hemos de recuperar, y hemos de hacerlo cada uno de nosotros, "la Adultez". Hemos de elegir y decidir por nosotros mismos. Hemos de decidir y obrar de acuerdo a como pensamos. Hemos de ser coherentes con lo pensamos y creemos. Hemos de ser coherentes con nuestros valores y principios y hemos de hacerlo aunque nos resulte difícil. Hemos de recuperar el poder de decidir por nosotros mismos, el poder de equivocarnos o acertar. Pero hemos de obrar y perder el miedo.
Y ese decidir, es decidir a quién compramos, qué compramos o dónde compramos. Porque en esta sociedad de consumo, en esta en la que vivimos usted y yo, decidir: qué, a quién, cuándo y dónde compras es la forma más efectiva y práctica de manifestar tu opinión y tu voluntad. Por eso, en estos tiempos de parálisis y terror a comprar, cada consumidor sólo decidiendo eso ya decide mucho.
Y voy a dar algunos ejemplos que pueden ilustrar lo que digo. En estas fechas que se acercan hemos de comprar y decidir qué comprar, dónde y a quién comprar o incluso cuánto gastar.
En este tiempo hemos de hacer eso que muchos hacíamos cuando los recursos eran escasos. Elegir aquello que es necesario, eso que añade valor por el detalle y lo que significa de haber pensado en esa persona a la que va destinado. También decimos cosas cuando regalamos una cosa u otra o cuando consumimos una u otra.
Elegir productos seguros y responsables. Elegir marcas que se comportan correctamente. Seleccionar fabricantes serios y con valores. Fabricantes o distribuidores que generan puestos de trabajo y crean riqueza. Favorecer cuando compramos a nuestro entorno próximo.
Seleccionar racionalmente qué compramos y en qué gastamos.
Estas navidades no debemos no comprar. Este año hemos de comprar con cabeza y con la certeza de que cuando compramos es como cuando votamos. Ofrecemos nuestra confianza a un fabricante y damos y generamos riqueza a quien le compramos. Por eso ¡COMPRA! pero quizá de forma diferente a como lo venias haciendo.

























